lunes, 1 de agosto de 2016

¨Vandalismo financiero¨



Página 12, Domingo, 31 de julio de 2016

La teoría de la política económica ha elaborado en el último medio siglo los instrumentos necesarios para salir del lodazal en el cual están empantanadas actualmente las economías. Para ello se deben utilizar los instrumentos adecuados para obtener los resultados deseados en aras del interés general, aunque esta opción siempre es una decisión política que a veces disgusta a ciertas minorías, por más que no necesariamente las desfavorezca.
La demanda global, el PIB, que es la riqueza de un país creada en un año, es igual al consumo, más la inversión, más el gasto público, más las exportaciones. Cada una de estas variables puede ser regulada por los gobiernos de tal suerte que se incremente o se disminuya la demanda global y por lo tanto la riqueza del país.     
                       
La política económica consiste en aplicar medidas a través de los instrumentos que pueden disponer los gobiernos para actuar sobre cada una de esas variables. Sin embargo todas las medidas que se pueden tomar no tienen el mismo impacto. Tomemos el caso de la demanda por consumo que representaba en Argentina, en 2015, el 62 por ciento del PIB. Esto hace que si se provoca una disminución del 1 por ciento de los hogares se producirá una caída de 0,6 por ciento del PIB. Lo mismo sucede en sentido contrario. Las medidas para incrementar el consumo son conocidas. Se puede hacer aumentando los salarios pero esto no depende (solo) de la voluntad del gobierno ya que en la mayor parte de los países el salario resulta de una negociación entre los sindicatos patronales, la UIA y los gremios. Esto no significa que el gobierno sea impotente para actuar sobre el consumo. El Estado puede incrementarlo disminuyendo los impuestos (una baja del IVA o de las tasas del impuesto a las ganancias) que aumentan la capacidad adquisitiva de las familias u otorgando subsidios y ayudas sociales que van en el mismo sentido. Puede hacer lo contrario, reducir el consumo disminuyendo los subsidios, haciendo de tal suerte que la inflación disminuya el valor real de las ayudas sociales. Puede disminuirlo igualmente cambiando la composición del gasto en consumo aumentando el precio de los combustibles o las tarifas de los servicios públicos lo cual con un salario idéntico disminuye el volumen del ingreso para la compra de otros bienes.

La segunda variable es la demanda de inversión cuyo volumen depende a la vez de la tasa de interés y del nivel de las expectativas y previsiones de los inversores en el sentido de creación de empresas que producen bienes y servicios. Pero sobre todo de la tasa de interés que si es superior al rédito esperado de dicha inversión no será realizada. Como lo han señalado públicamente tanto los economistas keynesianos como ortodoxos argentinos, con una tasa de interés que oscila entre el 30 y 38 por ciento nadie invierte puesto que nadie puede esperar una tasa de ganancia tan elevada. En efecto, en ese caso los potenciales inversores preferirán ubicar sus activos en instrumentos financieros que rendirán mucho más que una inversión en bienes para producir otros bienes. Por otra parte, si las perspectivas de la demanda global son la de una disminución de la misma la demanda de inversiones disminuirá y esto irá en contra de la evolución positiva de la creación de riqueza. En Argentina durante el primer cuatrimestre de 2016 la disminución de la inversión ha sido estimada superior al 5 por ciento, lo cual equivale a más del 1 por ciento de la demanda global. El Estado hubiera podido a través del Banco Central, del cual es dueño, bajar las tasas de interés de tal suerte que se incremente la inversión, en nuevas máquinas, talleres, edificios y nuevas fuentes de trabajo, pero no lo hizo. Agreguemos que una baja de la tasa de interés también aumenta las posibilidades de abaratar el crédito de los consumidores para la compra de bienes en cuotas. Al contrario, si se incrementa la tasa de interés para la colocación de títulos, Lebac por ejemplo, entonces los bancos van a aprovechar para disponer de sus activos y comprar este tipo de títulos en lugar de prestarlos a quienes los necesitan para invertir o para consumir. Esta situación es también el resultado de la indolencia culpable del Estado al favorecer como se observa al sector financiero en lugar de preocuparse por el interés general.

El tercer componente de la demanda global es el gasto del público para llevar adelante programas para proveer y mejorar los hospitales, las escuelas, los caminos etc. Como sabemos, el incremento del gasto público tiene un efecto multiplicador que permitió financiar la reconstrucción al fin de la última guerra en Europa y sacar a los Estados Unidos de la Gran Depresión de 1930 gracias al New Deal. La ventaja del gasto público es que puede ser financiado “ex nihilo” (expresión latina: ¨de la nada¨) por el Estado. En efecto, así como los bancos son creadores de moneda el Estado también lo es a través del Banco Central. Así por ejemplo para un gasto inicial de 100 pesos el Estado va a crear al cabo de cuatro años una riqueza total de 336,16 pesos, vale decir, 236,16 pesos netos. No es lo que hizo el gobierno actual que paralizó las obras públicas pero no mejoró la situación presupuestaria ya que disminuyó los impuestos de los terratenientes, que utilizaron dicha reducción para comprar dólares o invertirla en el sector financiero. Por otra parte, la disminución del consumo y de la inversión provocó un achicamiento de la recaudación impositiva lo cual agravó la perdida de ingresos del Estado. Esto lo obligó a recurrir al empréstito (no solo el Estado Nacional sino a las administraciones provinciales) lo cual favoreció también al sector financiero.

La otra fuente de incremento de la demanda son las exportaciones, que pueden incrementarse mediante una devaluación permitiendo un abaratamiento de los bienes exportables expresados en divisas, pero tiene la desventaja de depender de la demanda extranjera. No obstante la utilización de la tasa de cambio puede traer otro tipo de dificultades como el de favorecer ciertos sectores sociales, los terratenientes en este caso, sin crear un verdadera expansión del volumen exportado y el incremento de los ingresos ser utilizado como se señaló más arriba. Claro que la devaluación incrementa también los costos de las importaciones y es un factor inflacionario. De lo señalado se pueden sacar algunas conclusiones preliminares. La reducción del consumo, de la inversión y del gasto público, que representan el 87 por del PIB, ya produjo una caída de la riqueza nacional en 2016. Una parte significativa fue transferida al exterior. Otra parte, como hemos indicado, fue al sector financiero al cual se transfirió una parte de la caída del consumo y de la inversión. 
 Bruno Susani; Doctor en Ciencias Económicas Université de Paris.

domingo, 6 de marzo de 2016



Domingo, 31 de mayo de 2015                                    Suplemento económico de Página 12
ESCENARIO › DEBATE DE LA HETERODOXIA Y LA ORTODOXIA ECONOMICA
La demanda y el ajuste

El rol de la demanda es objeto de una profunda controversia entre la teoría económica keynesiana (heterodoxa) y la teoría llamada convencional (neoclásica u ortodoxa). Los argumentos de una y otra corriente del pensamiento económico.  Por Bruno Susani *

El rol de la demanda es objeto de una profunda controversia entre la teoría económica keynesiana (heterodoxa) y la teoría llamada convencional (neoclásica u ortodoxa). Esta última sostiene que existe siempre una igualdad entre la oferta global y la demanda global puesto que la ley de Say explica, de manera muy elegante, que toda oferta genera una demanda equivalente, vale decir que el valor de la producción global, que se distribuye entre salarios y beneficios, es suficiente para comprar todo lo producido. Como el “mercado” determina los precios y los salarios entonces no pueden existir ni desocupados ni capacidades de producción ociosas.
Keynes, desmenuzó el significado del aserto y mostró en La Teoría General que la moneda posee el atributo de otorgar a sus poseedores la posibilidad de utilizar su ingreso para comprar bienes, pero que también puede atesorarse (en dólares, por ejemplo), por precaución, o se puede utilizar para la especulación o la compra de títulos, acciones u obligaciones. Esto permite sostener que en una economía donde existe la moneda el monto del gasto, la demanda, tiene todas las probabilidades de ser inferior al valor global de la oferta. De lo que se deduce que la ley de Say sólo se cumple en una circunstancia excepcional y que existen otros, muchos, equilibrios posibles con desempleo, tantos como las diferencias que puedan existir entre la oferta global y la demanda global. Y esto forma parte del paisaje habitual de las economías contemporáneas.
Frente a situaciones de equilibrio con desempleo, que puede alcanzar niveles exorbitantes, por ejemplo 25 por ciento en España, los economistas heterodoxos y ortodoxos se enfrentan sobre el diagnóstico de la situación y sobre las medidas que pueden ser aplicadas para solucionarlos.
Para los heterodoxos el desempleo de los factores (trabajo y capital) es la resultante de un nivel insuficiente de la demanda efectiva. Si la oferta global no es adquirida en su totalidad, entonces los empresarios reducirán la producción para poder vender, antes, el stock remanente. Esto puede llevarlos a licenciar parte del personal o suspenderlo por un período dado. Pero a la vez esta decisión provocará una subutilización de la capacidad instalada, lo cual significa que habrá no sólo trabajadores desocupados sino también una cantidad de capital no utilizada. Los economistas keynesianos proponen, en consecuencia, que se practique una política económica que permita incrementar la demanda, vía el gasto público que permitirá adquirir el conjunto de la oferta.
Como observó Keynes en su célebre artículo “Poverty in Plenty” (“La pobreza en la abundancia”, de 1934), “sea cual fuere el mejor remedio contra la pobreza en la abundancia, debemos impugnar los pretendidos remedios que consisten en rechazar la abundancia para resolver el problema”. En efecto, de lo contrario se estaría sosteniendo que la capacidad de producción es excesiva, se estaría patrocinando la miseria, vale decir, la reducción de la demanda global en lugar de promocionar la abundancia. Pero esta solución es en sí detestable no sólo para los trabajadores sino también para los propios capitalistas, que verán dismiuir su giro de negocios.
Los ortodoxos sostienen, por el contrario, que cuando existe desempleo de la fuerza de trabajo, una subutilización de la capacidad instalada y una disminución de las ventas (recesión) es el resultado de un desequilibrio en el precio de los factores. Los salarios son demasiado elevados y las ganancias son insuficientes, o en todo caso inferiores a la tasa de interés. Y, en efecto, cuando en la economía aparece una disminución de la demanda, en una recesión su primera manifestación es la disminución de los beneficios de las empresas. Estas tratarán de restablecerla disminuyendo los costos y eventualmente el empleo, lo cual va a provocar una nueva contracción de la economía que necesariamente va a agravar la miseria en un contexto que podría ser de abundancia.
La solución propuesta por los economistas ortodoxos es, entonces, reducir los salarios reales para que los empresarios se decidan a contratar nuevos trabajadores, ya que consideran el salario de referencia demasiado elevado. También proponen disminuir el gasto público, y consecuentemente los impuestos. Esto último, sostienen, permitirá un incremento del ahorro que será utilizado para aumentar la inversión creadora de nuevos puestos de trabajo, lo cual, favorecido por la baja de los salarios, permitiría volver a la situación de pleno empleo. Este tipo de diagnóstico y las medidas económicas propuestas se han dado en llamar “un ajuste”, aunque sería quizá más pertinente denominarlas una recesión programada.
Estas propuestas esquivan explicar por qué, si los salarios y el gasto público decrecen y en consecuencia la demanda efectiva disminuye, los empresarios contratarían nuevos trabajadores y crearían nuevos puestos de trabajo invirtiendo sus ahorros para aumentar la producción que luego tendrán ingentes dificultades para vender. No deja de sorprender que los colegas que suscriben a la ortodoxia y que habitualmente se refieren a la “confianza” para explicar la reticencia de los empresarios frente a las políticas económicas expansivas de la demanda no adviertan que una caída de la misma genera un clima de escepticismo y desconfianza en los productores que, ansiosos, escrutan el nivel de las ventas. Cuando éstas se contraen, aunque los salarios bajen, la desconfianza se instala. Frente a una recesión lo más probable es que los empresarios no inviertan y adopten la actitud de “desensillar hasta que aclare” –versión argentina del “wait and see”–, lo que es adoptar una actitud expectante esperando que aparezca algún signo que pueda ser interpretado como un cambio de coyuntura y que se vislumbre una reactivación económica.
El rechazo de la posición teórica de los economistas ortodoxos se funda sobre una crítica de la teoría y además por la observación de los fracasos, no sólo en Argentina, de las políticas económicas. Pero no se trata de rechazar estas políticas económicas porque sean injustas sino porque son, además, ineficaces.
Si antes de la Gran Depresión de los años ‘30 la teoría ortodoxa podía afirmar que no teníamos los instrumentos y los conocimientos teóricos para proponer alternativas a la teoría convencional, ya no es el caso. La idea según la cual el sistema de la “economía de mercado” tiene la asombrosa capacidad de autorregularse y resorber los desequilibrios y retornar automáticamente al equilibrio ya no tiene demasiada credibilidad.
Pero es necesario agregar que las medidas de reducción del gasto público y el congelamiento de los salarios generan un cambio en la distribución del ingreso de los sectores de ingresos bajos y medios hacia aquellos que ganan más. Estas políticas aplicadas por el Estado en la década de 30, pero también durante y después de la dictadura militar, habían sido ya claramente condenadas por el general Perón cuando en el discurso de proclamación de su candidatura, el 12 de febrero de 1946, manifestaba su rechazo frente al “espectáculo de la miseria en medio de la abundancia que hace que millones de seres padezcan el hambre mientras que centenares de hombres derrochan estúpidamente su plata”
* Docteur ès Sciences Economiques. Ex consejero regional de l’Ile de France (por el Partido Socialista) Autor del libro El peronismo, de Perón a Kirchner, Ed. EdUNLa, mayo 2015.

lunes, 29 de febrero de 2016

Página 12, domingo 21/02/2016, Economía, Opinión.



Otro capítulo de la gran estafa electoral    Por Axel Kicillof *
El 29 de septiembre de 2015, a un mes de la primera vuelta electoral, la radio y la televisión se saturaron con un enfático y sonriente Mauricio Macri que afirmaba: “En mi gobierno los trabajadores no van a pagar Impuesto a las Ganancias. ¡Ese es mi compromiso!”. https://youtu.be/q7htwkzI9k0
Lo mismo sucedió cuando el 17 de noviembre dijo “yo no voy a devaluar, es una mentira” https://youtu.be/qNVCGwSIfi8
Ahora ya es oficial: una vez más, Macri miente, como mintió descaradamente en la campaña.Macri no eliminó el Impuesto a las Ganancias como había prometido. En realidad, hizo lo contrario. Anunció que iba a modificar el mínimo no imponible que, según él y los medios de comunicación oficialistas, Cristina no había modificado nunca. Esta también es una mentira: desde 2006 a 2015 Cristina elevó ocho veces el mínimo no imponible y tres veces eximió al medio aguinaldo. Y, como se verá, el resultado de la modificación del mínimo no imponible de Macri es lamentable: más asalariados terminarán pagando el impuesto.

Según Macri, la modificación es muy generosa, ya que el mínimo no imponible pasó de 15.000 a 30.000 pesos. Esto es mentira. El mínimo no imponible efectivo no era de 15.000 pesos. Esto se debe a que en 2013, además de fijarse el mínimo en 15.000 pesos se fijó también a 2013 como año base para el cálculo: los asalariados que ganaban menos de 15.000 en ese año dejaron de pagar Impuesto a las Ganancias de ahí en adelante. Tomando los aumentos promedio de 2014 y 2015, el mínimo no imponible efectivo que dejó el gobierno de Cristina es hoy de 31.400 para los que trabajaban en 2013. De modo que al fijarlo en 30.000 pesos, Macri acaba de ¡bajar el mínimo no imponible!
Según el titular de la AFIP, 180 mil personas van a dejar de pagar el impuesto. Estos son los que empezaron a trabajar después de 2013, lo cual desmiente además que se haya dejado de crear empleo. Pero se olvidó de sumar a todos aquellos que van a empezar a pagar porque su sueldo es más de 30.000, una cantidad que estimamos en 380 mil trabajadores. Por eso, según nuestros cálculos, en total y en términos netos, casi 200.000 trabajadores adicionales van a incluirse en el impuesto. Si no hubiera mentido en su propaganda electoral, Macri debería haber dicho: “En mi gobierno más trabajadores van a pagar Impuesto a las Ganancias”. Para peor, todos estos cálculos no tienen en cuenta el resultado de la paritaria en curso. A fin de año, todavía más trabajadores van a superar los 30.000 de Macri. Pero, ¿será sólo un error de cálculo (como el 40 por ciento que se les ofreció y luego se les quitó a los docentes)?
Durante los últimos años, el debate sobre este impuesto fue muy intenso. Nuestra posición es que el Impuesto a las Ganancias o, mejor dicho, a los altos ingresos, tiene una cualidad: es progresivo, es decir, pagan más los que más ganan. En efecto, de los aproximadamente 11 millones de trabajadores en relación de dependencia, sólo lo paga el 10 por ciento con salarios más altos. Justamente por eso, es otra verdadera estafa sostener que un cambio en Ganancias puede darse “a cambio” de reducir el porcentaje de aumento en las paritarias. Una reducción del Impuesto a las Ganancias mejora los ingresos sólo del 10 por ciento que más gana. Para el 90 por ciento de los trabajadores no cambia absolutamente nada. El porcentaje de las paritarias no tiene nada que ver con el Impuesto a las Ganancias para la gran mayoría de los trabajadores.
En los 12 años de kirchnerismo, el Impuesto a las Ganancias formó parte de un esquema de crecimiento económico e inclusión social. Las mineras, las petroleras, los grandes exportadores de grano pagaban impuestos específicos –las retenciones–. En el caso de los alimentos, estas retenciones contribuían además a que los precios internos fueran más baratos. Los subsidios a la luz, el gas y el transporte reducían el costo de vida y constituían una parte importante de los ingresos indirectos. Y la inclusión avanzaba también a través de la AUH, la moratoria jubilatoria, el Ahora 12, el Progresar, el crédito barato para las pymes, y tantas otras medidas. En ese marco se cobraba Impuesto a las Ganancias al 10 por ciento de los trabajadores de mayores salarios.
¿Cómo se justifica ahora el Impuesto a las Ganancias? En sólo 70 días, Macri implementó una batería de medidas que saca recursos a los asalariados, a los jubilados, a las clases medias, y los entrega a los que ya lo tienen todo. Con la megadevaluación y la quita de retenciones y subsidios, los precios suben mientras también aumentan las tarifas, el ABL, las multas, las prepagas, los remedios, las cuotas de las escuelas privadas. Caen así los ingresos de los trabajadores y de las clases medias, contrayendo el consumo y la demanda, achicando el mercado interno. Esto afectará a su vez a la producción y al empleo.
Pero no todos pierden. La devaluación del 50 por ciento les aportó a las 10 principales empresas agropecuarias más de 150.000 millones de pesos. A esto hay que sumar la baja de retenciones, que aportó un beneficio adicional para las cerealeras de cerca de 22.000 millones de pesos. A las mineras (10 firmas) se les transfirió por la baja de retenciones 3.300 millones de pesos, a lo que hay que agregar también el efecto de la devaluación sobre sus exportaciones. A Clarín además de Nextel se le entregó la publicidad del Fútbol para Todos, mientras los costos corren por cuenta del Estado. Y como si esto fuera poco, a los fondos buitre (ahora llamados cariñosamente “holdouts” o simplemente “acreedores”) se les prometieron 90.000 millones de pesos.
El modelo económico de ajuste, apertura y endeudamiento no es la respuesta de Macri a una “pesada herencia”. Es el mismo modelo que querían aplicar en 2003, en 2008, en 2010, es decir, en cualquier circunstancia. Y es el que efectivamente se aplicó en 1976 y en los 90. El resultado fue siempre el mismo: la crisis económica y exclusión social.
* Diputado nacional. Ex ministro de Economía.